Lee aquí: «LA CHINGOLA», cuento CLÁSICO de la Literatura boliviana

por: René Bascopé Aspiazu

La fama de pluma que cargaba la Chingola la hacía codiciada por los Caifanes. Su nariz filosa y grande brillaba esa noche de la fiesta; brillaba roja de frío y sus ojos pequeños, negros e inquietos como ratones, recorrían interesados por los ojos de los muchachos, queriéndolos a todos y al mismo tiempo deseando que la escoja el mejor y el más figura de todos, el Poly fumando con autosuficiencia junto a la puerta de bordes astillados. Y la fiesta comenzaba con Nacidos para ser salvajes y la Chingola entregaba su cintura a un caifán más bajo que ella y movía sus nalgas pequeñas dentro del pantalón de cuerina negra y el caifán trataba de apretujarla y ella lo empujaba con el puño en el pecho, con fuerza, mientras miraba al Poly como pidiéndole disculpas, entornando los ojos y ejecutando los pasos sicodélicos con desgano a pesar de la maestría con que cruzaba sus piernas largas. Pero el Poly reaccionaba sin reaccionar y abría la puerta dejando que la noche penetrara un poco en la fiesta con su frío y su neblina; luego salía al patio empedrado y arrojaba una bocanada de humo y tiraba el cigarrillo recién prendido con un gesto ensayado de playboy triste. Adentro la Chingola se preocupaba y, aumentando la resistencia de su antebrazo, mantenía la distancia necesaria como para evitar que el aliento del caifán la alcanzara. Terminaba el ruido de Nacidos para ser salvajes y el caifán dejaba de deslizar su mano por el pecho de la Chingola y ella caía en cuenta de que cinco o seis caifanes la miraban y reían a carcajadas por la habilidad del enano; entonces, decidida y llevando su fama de pluma en la sonrisa condescendiente, se abría paso y llegaba hasta la puerta, pero el Poly entraba nuevamente y la miraba indiferente, casi con desprecio.

—Sale, bestia.

El viejo Bengurias apareció en el marco sucio sonriendo a los Caifanes y dos o tres muchachas palidecían al verlo. Ya se sabía su negocio. Poly fue el primero en acercarse al viejo. Los demás lo rodearon después y le pidieron mercancía. Bengurias sacó del bolsillo del pantalón una caja de fósforos y los Caifanes lo apretujaron, entonces él aprovechó. Para pellizcarles del sexo, rápidamente. El Poly evitó que la torpe caricia del viejo Bengurias se repitiera tapándose con las manos. Ya lo conocían.

—Camote, maraco.

Calmado, el viejo les ofreció la mercancía. Treinta lucas media tableta. Raspó la pastilla blanca en la caja de fósforos y salió una chispa verde. Como para volver putas a cinco yeguas. Los Caifanes miraron a las muchachas acurrucadas, cuchicheando mientras el tocadiscos gritaba una de Palito con voz de falsete. Treinta lucas media tableta. Y el Poly sugería cerrar la puerta y que no salga ni la dueña de la casa. La Chingola con su fama de pluma ya no sonreía y adivinaba lo que el viejo les ofrecía. Cerraron el trato en 25 pepas media tableta.

—Las cocacolas, a preparar las cocacolas.

El problema era hacer que las palomas tomaran. La Chingola ya se las sabía todas y por eso mismo nunca la hicieron caer: era su orgullo. Siempre la había salvado su fama de pluma, pero quizá no se resistiría a tomar su Cocacola si el Poly se lo pedía. En cambio las lolitas eran más fáciles, caían redondas. Pero la Chingola jamás había sido lolita, parecía que había nacido sabiendo.

Como una pesadilla, el Poly con su vaso de Cocacola insistiéndole a una gorda. La Chingola ardiendo de rabia; carajo, ahora no tomaría ni aunque se lo pidiera el mismo Leo Dan.

El viejo Bengurias contaba la plata y de rato en rato miraba cómo los Caifanes se esmeraban para que las chicas tomaran su refresquito y las envidiaba. Tenía que ir a otro negocio, se lo dijo al Poly que no le atendió demasiado porque empezaba a impacientarse con la gorda.

—No te gastes demasiado.

El Poly sonrió y cruzó una mirada con la Chingola que se negaba a beber del vaso que le ofrecía el petiso que la había sacado a bailar al principio. Pelotudo, pensando y transmitiendo con su mirada. El Poly volvía al ataque sobre la gordita dispuesta a llorar. Entonces empezó una de los Black Birds y la locura. Los Caifanes presintieron la señal de la melodía brutal y bailaron con las enfriadas. Esta vez la fiesta les saldría de película, y que no se diga que los Caifanes no sabían divertirse.

Bascopé
René Bascopé Aspiazu es el autor de las novelas Los Rostros de la Oscuridad y La Tumba Infecunda

Las que habían tomado (algunas llorosas y lastimadas) estaban quietas, serias, pensativas y preocupadas. Los Caifanes las observaban con gestos de pacientes en una sala de espera. El Poly había optado por tomar de los cabellos a la gordita para obligarla a no bajar la cabeza, mientras con la otra mano trataba de hacer que bebiera el vaso de Cocacola; estaba iracundo por la resistencia tenaz que le oponía. La Chingola charlaba con el Enano, que la miraba idiotizado.

La primera en sentir los efectos fue Mariquita, que se movió en su asiento estremecida, palideciendo, llevándose las manos a los muslos. A su pareja se le iluminó el rostro como si hubiera visto nacer un pollo, pero no supo qué hacer, aunque Mariquita, poco experimentada, sacaba la lengua y apretaba las piernas.

—Lista la una.

Todos rieron y Mariquita enrojeció. La Chingola pensó pelotuda y frunció el ceño; con este enano ni con dos tabletas. El bajo la abordaba nuevamente, con más bríos, alentando por el éxito de Mariquita. La música se acabó y la aguja del tocadiscos chirriaba sin que nadie se ocupara de ella. El único que seguía insistiendo era el Poly que sopapeaba a la gordita que cerraba la boca con fuerza, arrodillada en el suelo, gimiendo como una niña que no quiere comer. La Chingola no había bebido y miraba al petiso a quien había logrado convencer de que no hacía falta nada para que ella lo complaciera. Poly, fuera de sí, había derramado la Cocacola y arremetía a puntapiés a la gordita que se cubría la cara con las manos, tendida en el suelo. En los asientos, además de Mariquita, Lourdes y Pupi empezaban a dar muestras de sentir los efectos de la Cocacola y sin darse cuenta restregaban las nalgas en las sillas. Los otros Caifanes empezaban a impacientarse. La Chingola estaba disgustada pero sonreía al petiso que no se animaba a tomarle la mano. El Poly se había resignado ya y encendía un cigarrillo, malhumorado, prometiéndose no invitar nunca más a la gordita a fiestas de los Caifanes. La Chingola lo miraba de reojo, alegrándose infinitamente de que la gordita no se hubiera dejado.

—¡Los canas!

Los Caifanes, olvidándose de las preparadas, se precipitaron a la puerta.

—Quién putas…

—El viejo Bengurias… quién más.

Ya lo conocían, sin embargo se habían dejado sorprender una vez más. El Poly se insultó mientras corría por la calle oscura seguido por tres sombras. Bajó una pendiente y dobló hacia la izquierda con toda la rapidez de su adolescencia. Unos pasos atrás le seguía una sola sombra. Cuando se metió al callejón, la Chingola también lo hizo. Jadeando intentaron en la oscuridad, pero sintieron que otros pasos se acercaban.

—La cana –dijo el Poly.

Pasaron de largo tres carabineros. La Chingola respiró profundamente. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y ya podía ver más claramente. El Poly estaba asustado, su rostro desencajado. Después de muchos minutos él se desprendió de la pared y sonrió. Ella miró hacia la calle y no hizo ningún intento de seguirle la corriente. El Poly encendió un cigarrillo y con la autosuficiencia de siempre, con ese ademán que antes volvía loca a la Chingola, aspiró el humo. Sin embargo, ya no era el mismo, ambos lo sabían. Lejos ladró un perro. El Poly pensó que al fin y al cabo la Chingola no tenía por qué ocultarse ni correr, los únicos jodidos serían los Caifanes… las chicas no tenían la culpa. Pero ahí estaba, había corrido junto a él hasta encontrar esa bendita soledad. Pero la miraba agrandada, despectiva. La Chingola con toda su fama de pluma y sus 16 años frescos.

—Chingola…

Se acercó y quiso abrazarla y besarla. La Chingola esperó a que ese rostro extraño se le acercara más, juntando la mayor cantidad posible de saliva en su boca. El Poly sintió el escupitajo tibio, hiriente, y cuando abrió los ojos, sorprendido, buscando su pañuelo para limpiarse, vio a la Chingola que se alejaba hacia la calle, lentamente.

Bascopé

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