Conoce los 5 mejores poemas de la cochabambina ADELA ZAMUDIO

Adela Zamudio

Adela Zamudio es una reconocida poeta boliviana, precursora del feminismo. Escribió en prensa y fue directora de una escuela, en donde proponía anular la enseñanza de la religión, por considerarla una herramienta en contra de la libertad femenina.

Hoy en MarkaTambo te invitamos a conocer una antología breve de su obra con estos 5 poemas:

Adela Zamudio
El desaparecido billete de cinco bolivianos con la imagen de Adela Zamudio.

I. NACER HOMBRE

Cuánto trabajo ella pasa
Por corregir la torpeza
De su esposo, y en la casa,
(Permitidme que me asombre).
Tan inepto como fatuo,
Sigue él siendo la cabeza,
Porque es hombre!

Si algunos versos escribe,
De alguno esos versos son,
Que ella sólo los suscribe.
(Permitidme que me asombre).
Si ese alguno no es poeta,
Por qué tal suposición
Porque es hombre!

Una mujer superior
En elecciones no vota,
Y vota el pillo peor.
(Permitidme que me asombre).
Con tal que aprenda a firmar
Puede votar un idiota,
Porque es hombre!

El se abate y bebe o juega.
En un revés de la suerte:
Ella sufre, lucha y ruega.
(Permitidme que me asombre).
Que a ella se llame el «ser débil»
Y a él se le llame el «ser fuerte».
Porque es hombre!

Ella debe perdonar
Siéndole su esposo infiel;
Pero él se puede vengar.
(Permitidme que me asombre).
En un caso semejante
Hasta puede matar él,
Porque es hombre!

Oh, mortal privilegiado,
Que de perfecto y cabal
Gozas seguro renombre!
En todo caso, para esto,
Te ha bastado.

Adela Zamudio
Caricatura de la poeta cochabambina.

II. EPITAFIO

(escrito por ella misma y visible en su tumba en Cochabamba)

Vuelo a morar en ignorada estrella
Libre ya del suplicio de la vida,
Allá os espero; hasta seguir mi huella
Lloradme ausente pero no perdida.

III. PROGRESO

Hubo un tiempo de amor contemplativo en que el saber,
muy poco positivo,
confundiendo la tierra con los cielos,
ensalzaba las vírgenes modelos.
Y en que inspirándoles horror profundo
la realidad prosaica de este mundo,
las muchachas de quince primaveras
se arrobaban en místicas quimeras.
Pero desde que el hombre sabio y fuerte,
compadecido de su incierta suerte,
discute con profundos pareceres
la educación moral de las mujeres;
Desde que ha definido su destino,
no señalándole más que un camino,
y ni virtud ni utilidad concilia
sin la maternidad en la familia;

Ya saben ellas desde muy temprano
que amar un ideal es sueño vano,
que su único negocio es buscar novio
y quedar solterona el peor oprobio.
Ninguna ha de quedar chasqueada
hoy día por elegir
-como antes sucedía-
que hoy ocupa el lugar de la inocencia
la prematura luz de la experiencia.
Hoy del amor, preciso es no hacer caso,
porque el amor es pobre y pide plazo,
y por salir cuanto antes del apuro
se acepta lo más próximo y seguro,
De modo que todo hombre hoy al casarse
podrá con la certeza consolarse de que
-a no serlo suya-
siempre fuera su adorada mitad de otro cualquiera.

IV. ¿QUO VADIS?

Sola, en el ancho páramo del mundo,
Sola con mi dolor,
En su confín, con estupor profundo
Miro alzarse un celeste resplandor:

Es Él! Aparición deslumbradora
De blanca y dulce faz,
Que avanza, con la diestra protectora
En actitud de bendición y paz.

Inclino ante El mi rostro dolorido
Temblando de ternura y de temor,
Y exclamo con acento conmovido:
– A dónde vas, Señor?

– La Roma en que tus mártires supieron
En horribles suplicios perecer
Es hoy lo que Los césares quisieron:
Emporio de elegancia y de placer.

Allí está Pedro. El pescador que un día
Predicó la pobreza y la humildad,
Cubierto de lujosa pedrería
Ostenta su poder y majestad.

Feroz imitador de Los paganos,
El Santo Inquisidor

Ha quemado en tu nombre a sus hermanos…
Adónde vas, Señor?

Allá en tus templos donde el culto impera
Qué hay en el fondo? O lucro o vanidad.
Cuán pocos son los que con fe sincera
Te adoran en espíritu y verdad!

El mundo con tu sangre redimido,
Veinte siglos después de tu pasión,
Es hay más infeliz, más pervertido,
Más pagano que en el tiempo de Nerón.

Ante el altar de la Deidad impura,
Huérfana de ideal, la juventud
Contra el amor del alma se conjure
Proclamando el placer como virtud.

Las antiguas barbaries que subsisten,
Sólo cambian de nombre con la edad;
La esclavitud y aun el tormento existen
Y es mentira grosera la igualdad.

Siempre en la lucha oprimidos y opresores!
De un lado, la fortuna y el poder,
Del otro, la miseria y sus horrores;
Y todo iniquidad… Hoy como ayer.

Hoy como ayer, Los pueblos de la tierra
Se arman para el asalto y la traición,
Y alza triunfante el monstruo de la guerra
Su bandera de espanto y confusión.

Ciega, fatal, la humanidad se abisma
En Los antros del vicio y del error.
Y duda, horrorizada de sí misma…
Adónde vas, Señor?

Adela Zamudio
Portada de su libro Íntimas.

V. A UN SUICIDA

Como un eco perdido en el espacio,
como una estela en los profundos mares,
se ha borrado en el seno del olvido
la huella de tus íntimos pesares.

¡Digna posada te brindó reposo
tras jornada escabrosa y solitaria!
¡maldita está la tumba en que tus restos
duermen sin una flor ni una plegaria!

Ajena a tu dolor y a tu abandono
la multitud pasaba en su carrera
como pasan las aguas del torrente
junto a la flor que tiembla en la ribera.

El ser más infeliz halla en el mundo
de amor y de amistad sagrados lazos,
pero tú… ¡ni una lágrima piadosa
cayó sobre tu sien hecha pedazos !

¡Pobre loco! pensaste en tus quimeras
que, apagada la luz de tus pupilas,
te lanzabas al fondo del abismo
para dormir en lobreguez tranquila.

¿Dónde está el fondo de ese abismo, dónde?
¿quién el confín del infinito alcanza?
¡mentira! el alma sigue su destino
por la ruta inmortal de la esperanza.

Te sedujo la calma engañadoras
de ese lecho de hielo de la tumba
en que, del fatigado peregrino,
la envoltura de polvo se derrumba;

¡Cuántos pesares sin consuelo, cuántos,
con su peso mortal te han oprimido
hasta romperte el corazón y hacerte
prorrumpir en tan bárbaro estallido!

¿Dónde está Dios? ¿Responde al pensamiento
del alma que le implora dolorida
o es el hombre un gusano abandonado
que se arrastra en el fango de la vida?

¡ Silencio ! y prosigamos adelante
hasta encontrar una región propicia
en que se expliquen a la mente humana
los arcanos del bien y la justicia.

Insensible al secreto de tus penas,
el mundo inexorable, horrorizado,
sólo ha visto en tu frente la negrura
de esa marca feroz del renegado ;

Y todo aquel que lleve siemprevivas
a la mansión de paz de un ser querido,
sólo verá crecer en tu sepulcro
la zarza maldecida del olvido.

Y nunca, nunca, en las solemnes horas,
del aura triste en el errante vuelo,
se exhalará un suspiro silencioso
que vaya en pos de tu memoria al cielo.

Pero el ser misterioso que sostiene
del dolor y la culpa la balanza,
tendrá piedad del mísero demente
que fue ciego a la luz de la esperanza.

En nombre del Poder irresistible
que abruma de dolores nuestra vida,
¡ doblo ante Dios con humildad la frente
y elevo una oración por el suicida !

Así como Adela Zamudio, son muchas las mujeres artistas que trabajan de manera impecable en Bolivia. Te invitamos a conocer más de los artistas, siguiéndonos en nuestras redes. MarkaTambo comparte la mejor producción nacional. Dale click en la siguiente imagen:

Adela Zamudio

Lee aquí 5 poemas de Yolanda Bedregal o «YOLANDA DE AMÉRICA»

Yolanda Bedregal es una poeta boliviana nacida a inicios del siglo XX, con más de veinte libros publicados. Estudió en la Universidad Columbia de Nueva York, trabajó en el PEN Club y fue Embajadora en España, entre otros cargos importantes.

Desde MarkaTambo te invitamos a leer 5 de sus mejores poemas:

Yolanda Bedregal
Dibujo de Yolanda Bedregal realizado por Gil Coimbra

I. ELEGÍA HUMILDE

Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta
¡La pisó como una hoja!
Era una flor del campo, toronjil, yerbabuena.

En la casa hubo duelo
por su muerte de plata.

Esta mujer oscura de noble cepa aymara
endulzaba la vida de seres y de cosas.

Llena está nuestra infancia de su imagen
de Mamita Copacabana;
debajo de su manta de castilla
siempre traía la sorpresa
de frutas, empanadas o juguetes.

¡Ay dulce abuela nuestra
de las macetas y del canario!

Tendida en su mortaja,
con unción le besamos las santas manos toscas
quietas por fin del cotidiano afán.
Parecían avergonzadas del reposo;
dos angelitos blancos bajaron a cubrirlas.

Su nombre era Mama-Usta, y nada más.
Las hadas humildes sólo tienen un nombre
pero es varita mágica de gracia y bendición.

De la mano llevaba a mi padre a la misa;
la conocieron los abuelos y bisabuelos.
Era lazo entre el ahora y lo perdido.

Todo lo daba, todo, su bondad y su alegría,
el cobre de la dádiva, el óleo del consuelo.

Cual sombra milagrosa
colmaba de manjares la olla de cada día,
y con agua y con sol daba celajes
a los visillos y manteles.
Ella prendía el fuego del hogar.

Un auto la ha matado. ¡Ay, Dios mío!
Su frente estaba herida
y su cuerpo, nunca tocado,
salpicado de barro.

Cuando llegaba al cielo,
con un solo zapato, la falda desgarrada
un coro de jilgueros le cantaba aleluyas.

Con humilde inocencia, debió de imaginar
que era fiesta pascual para nosotros.
-¿Como para ella el aleluya?
¿Como para ella nuestro llanto?-

Sencilla y limpia entró en la gloria
cuidando todavía la canasta
para la cena de hoy.

Nuestra Mama Usta ha muerto.

¡Ay canario, ay macetas, patio y agua!

Yolanda Bedregal
Estampilla de Correos en honor a Yolanda Bedregal de 1993.

II. JUAN GERT

Mi sueño se hizo dulcemente cal.
La bóveda perfecta de tu cráneo
enclavada en la mariposa de mis huesos
es frágil tulipán
coronando las alas abiertas de la pelvis.

Sacas el molde al mundo
en mi cintura breve;
recogido y devoto como un rezo,
hilas con mi sangre el Universo,
hijo mío.
Creces dentro de mí
como en vaso ritual.

Por ti conozco
la humildad de ser la tierra fértil,
por ti el orgullo del vital milagro;
por ti soy urna bíblica,
por ti soy comunión y penitencia.

Por ti la muerte en su medalla acuna
perfil de piedra en querubín de niebla.
El vivo tulipán de tu cabeza
saca de nuevo el molde al Universo.

III. TUS MANOS

Canción de la esperanza
en el camino inútil
de mi vida, tus manos
cruzan como dos alas
cargadas de ternura.

Yolanda Bedregal
Portada de Naufragio.

IV. SALADA SAVIA

Padre mío, el invierno -espada de tu muerte-
sus varillas de hielo sobre mi pecho inclina.
Crujen las hojas secas en desolada sombra
al filo del minuto que te arrancó a la luz.

Ya no hablaremos nunca del verdeciente pino
aunque giren los meses hacia la primavera;
yo veré conmovida hundirse contra el cielo
la erguida copa oscura, y ya estarán tus ojos
perennemente mudos en el carbón azul.

Se esponjarán los días, descenderán las noches
hacia asoladas playas del Siempre y del Después,
mas la salada savia del amor está herida
al filo el minuto que te quitó de mí.

Contigo platicamos del trino y la gavilla,
del papel y el amigo, la reja y la parábola,
del agridulce zumo en el cristal humano.
Fraternales rondaban por tu voz de maestro
San Francisco de Asís, Don Quijote y Jesús.

Padre mío, en las horas del hogar apacible
devanamos la lana del cotidiano afán;
y siempre tu sonrisa tendía el hilo de oro
que bendecía el agua y suavizaba el pan.
Presagio de ventura, flotaban nuestros nombres
con halo de alegría si los decías tú.
Hoy me duele hasta el nombre que tú ya no pronuncias
y me pesan las manos tendidas hacia ti.

Tus ojos amparaban la senda de mi verso.
Mi infancia en tus rodillas todavía mecía
la muñeca de trapo que el tiempo sepultó.
Ahora me llueven años por cada hora que faltas.

Nuestro pino ha llorado hasta su último espino.
Aúlla la madera de su sillón vacío;
los platos en la mesa tienen sonido a roto;
las pisadas resuenas indagando algún eco.

Esta salada savia del amor se hace niebla
al filo del minuto que te llevó a la luz.

 

V. REBELIÓN

Miraba yo la pampa inmensa soñando con el mar.
Miraba yo la pampa tensa, tan alta, tan serena,
tocando con el cielo su frente de cristal;
un acorde de grises y violetas su manto,
que altura en la belleza!
que altura en la belleza!
que majestad estática en el día altiplánico!

De pronto un niño llora.
Entre la paja brava, con su ponchito viejo
llora un niño. Por que?
Quien sabe.

El indio aymará se lleva el grito en su raza,
y su clamor innato
desgarra la serena nobleza del paisaje.

Un niño, un llanto humano es una herida abierta
que ensangrienta este mundo.
Tiemblan y se estremecen los monolitos míticos:
se rompen y entreveran los caminos de paz.
Hay maldad en la tierra.
Arde lo que era de hielo.

Las palabras suaves se crispan en los puños
desafiando al relámpago.
Corro sobre la pampa desaforadamente;
me quema el corazón como una brasa.
Hay maldad en la tierra, hay injusticia.

Quizás mas lejos halle la bandera que busco.
Quiero la gleba abierta con sus labios de surcos
como un libro de música.
Quiero que se calme este llanto de niño
que es llanto del mundo.

Esperamos que hayas disfrutado de esta breve antología hecha por MarkaTambo de la producción poética de Yolanda Bedregal, o como fue bautizada por el escritor Gamaliel Churata: YOLANDA DE AMÉRICA. Conoce más del arte de Bolivia junto a MarkaTambo. Síguenos en nuestras redes haciendo click en la siguiente imagen:

Yolanda Bedregal

Lee aquí: «LA CHINGOLA», cuento CLÁSICO de la Literatura boliviana

Bascopé

por: René Bascopé Aspiazu

La fama de pluma que cargaba la Chingola la hacía codiciada por los Caifanes. Su nariz filosa y grande brillaba esa noche de la fiesta; brillaba roja de frío y sus ojos pequeños, negros e inquietos como ratones, recorrían interesados por los ojos de los muchachos, queriéndolos a todos y al mismo tiempo deseando que la escoja el mejor y el más figura de todos, el Poly fumando con autosuficiencia junto a la puerta de bordes astillados. Y la fiesta comenzaba con Nacidos para ser salvajes y la Chingola entregaba su cintura a un caifán más bajo que ella y movía sus nalgas pequeñas dentro del pantalón de cuerina negra y el caifán trataba de apretujarla y ella lo empujaba con el puño en el pecho, con fuerza, mientras miraba al Poly como pidiéndole disculpas, entornando los ojos y ejecutando los pasos sicodélicos con desgano a pesar de la maestría con que cruzaba sus piernas largas. Pero el Poly reaccionaba sin reaccionar y abría la puerta dejando que la noche penetrara un poco en la fiesta con su frío y su neblina; luego salía al patio empedrado y arrojaba una bocanada de humo y tiraba el cigarrillo recién prendido con un gesto ensayado de playboy triste. Adentro la Chingola se preocupaba y, aumentando la resistencia de su antebrazo, mantenía la distancia necesaria como para evitar que el aliento del caifán la alcanzara. Terminaba el ruido de Nacidos para ser salvajes y el caifán dejaba de deslizar su mano por el pecho de la Chingola y ella caía en cuenta de que cinco o seis caifanes la miraban y reían a carcajadas por la habilidad del enano; entonces, decidida y llevando su fama de pluma en la sonrisa condescendiente, se abría paso y llegaba hasta la puerta, pero el Poly entraba nuevamente y la miraba indiferente, casi con desprecio.

—Sale, bestia.

El viejo Bengurias apareció en el marco sucio sonriendo a los Caifanes y dos o tres muchachas palidecían al verlo. Ya se sabía su negocio. Poly fue el primero en acercarse al viejo. Los demás lo rodearon después y le pidieron mercancía. Bengurias sacó del bolsillo del pantalón una caja de fósforos y los Caifanes lo apretujaron, entonces él aprovechó. Para pellizcarles del sexo, rápidamente. El Poly evitó que la torpe caricia del viejo Bengurias se repitiera tapándose con las manos. Ya lo conocían.

—Camote, maraco.

Calmado, el viejo les ofreció la mercancía. Treinta lucas media tableta. Raspó la pastilla blanca en la caja de fósforos y salió una chispa verde. Como para volver putas a cinco yeguas. Los Caifanes miraron a las muchachas acurrucadas, cuchicheando mientras el tocadiscos gritaba una de Palito con voz de falsete. Treinta lucas media tableta. Y el Poly sugería cerrar la puerta y que no salga ni la dueña de la casa. La Chingola con su fama de pluma ya no sonreía y adivinaba lo que el viejo les ofrecía. Cerraron el trato en 25 pepas media tableta.

—Las cocacolas, a preparar las cocacolas.

El problema era hacer que las palomas tomaran. La Chingola ya se las sabía todas y por eso mismo nunca la hicieron caer: era su orgullo. Siempre la había salvado su fama de pluma, pero quizá no se resistiría a tomar su Cocacola si el Poly se lo pedía. En cambio las lolitas eran más fáciles, caían redondas. Pero la Chingola jamás había sido lolita, parecía que había nacido sabiendo.

Como una pesadilla, el Poly con su vaso de Cocacola insistiéndole a una gorda. La Chingola ardiendo de rabia; carajo, ahora no tomaría ni aunque se lo pidiera el mismo Leo Dan.

El viejo Bengurias contaba la plata y de rato en rato miraba cómo los Caifanes se esmeraban para que las chicas tomaran su refresquito y las envidiaba. Tenía que ir a otro negocio, se lo dijo al Poly que no le atendió demasiado porque empezaba a impacientarse con la gorda.

—No te gastes demasiado.

El Poly sonrió y cruzó una mirada con la Chingola que se negaba a beber del vaso que le ofrecía el petiso que la había sacado a bailar al principio. Pelotudo, pensando y transmitiendo con su mirada. El Poly volvía al ataque sobre la gordita dispuesta a llorar. Entonces empezó una de los Black Birds y la locura. Los Caifanes presintieron la señal de la melodía brutal y bailaron con las enfriadas. Esta vez la fiesta les saldría de película, y que no se diga que los Caifanes no sabían divertirse.

Bascopé
René Bascopé Aspiazu es el autor de las novelas Los Rostros de la Oscuridad y La Tumba Infecunda

Las que habían tomado (algunas llorosas y lastimadas) estaban quietas, serias, pensativas y preocupadas. Los Caifanes las observaban con gestos de pacientes en una sala de espera. El Poly había optado por tomar de los cabellos a la gordita para obligarla a no bajar la cabeza, mientras con la otra mano trataba de hacer que bebiera el vaso de Cocacola; estaba iracundo por la resistencia tenaz que le oponía. La Chingola charlaba con el Enano, que la miraba idiotizado.

La primera en sentir los efectos fue Mariquita, que se movió en su asiento estremecida, palideciendo, llevándose las manos a los muslos. A su pareja se le iluminó el rostro como si hubiera visto nacer un pollo, pero no supo qué hacer, aunque Mariquita, poco experimentada, sacaba la lengua y apretaba las piernas.

—Lista la una.

Todos rieron y Mariquita enrojeció. La Chingola pensó pelotuda y frunció el ceño; con este enano ni con dos tabletas. El bajo la abordaba nuevamente, con más bríos, alentando por el éxito de Mariquita. La música se acabó y la aguja del tocadiscos chirriaba sin que nadie se ocupara de ella. El único que seguía insistiendo era el Poly que sopapeaba a la gordita que cerraba la boca con fuerza, arrodillada en el suelo, gimiendo como una niña que no quiere comer. La Chingola no había bebido y miraba al petiso a quien había logrado convencer de que no hacía falta nada para que ella lo complaciera. Poly, fuera de sí, había derramado la Cocacola y arremetía a puntapiés a la gordita que se cubría la cara con las manos, tendida en el suelo. En los asientos, además de Mariquita, Lourdes y Pupi empezaban a dar muestras de sentir los efectos de la Cocacola y sin darse cuenta restregaban las nalgas en las sillas. Los otros Caifanes empezaban a impacientarse. La Chingola estaba disgustada pero sonreía al petiso que no se animaba a tomarle la mano. El Poly se había resignado ya y encendía un cigarrillo, malhumorado, prometiéndose no invitar nunca más a la gordita a fiestas de los Caifanes. La Chingola lo miraba de reojo, alegrándose infinitamente de que la gordita no se hubiera dejado.

—¡Los canas!

Los Caifanes, olvidándose de las preparadas, se precipitaron a la puerta.

—Quién putas…

—El viejo Bengurias… quién más.

Ya lo conocían, sin embargo se habían dejado sorprender una vez más. El Poly se insultó mientras corría por la calle oscura seguido por tres sombras. Bajó una pendiente y dobló hacia la izquierda con toda la rapidez de su adolescencia. Unos pasos atrás le seguía una sola sombra. Cuando se metió al callejón, la Chingola también lo hizo. Jadeando intentaron en la oscuridad, pero sintieron que otros pasos se acercaban.

—La cana –dijo el Poly.

Pasaron de largo tres carabineros. La Chingola respiró profundamente. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y ya podía ver más claramente. El Poly estaba asustado, su rostro desencajado. Después de muchos minutos él se desprendió de la pared y sonrió. Ella miró hacia la calle y no hizo ningún intento de seguirle la corriente. El Poly encendió un cigarrillo y con la autosuficiencia de siempre, con ese ademán que antes volvía loca a la Chingola, aspiró el humo. Sin embargo, ya no era el mismo, ambos lo sabían. Lejos ladró un perro. El Poly pensó que al fin y al cabo la Chingola no tenía por qué ocultarse ni correr, los únicos jodidos serían los Caifanes… las chicas no tenían la culpa. Pero ahí estaba, había corrido junto a él hasta encontrar esa bendita soledad. Pero la miraba agrandada, despectiva. La Chingola con toda su fama de pluma y sus 16 años frescos.

—Chingola…

Se acercó y quiso abrazarla y besarla. La Chingola esperó a que ese rostro extraño se le acercara más, juntando la mayor cantidad posible de saliva en su boca. El Poly sintió el escupitajo tibio, hiriente, y cuando abrió los ojos, sorprendido, buscando su pañuelo para limpiarse, vio a la Chingola que se alejaba hacia la calle, lentamente.

Bascopé

Lee Aquí el DISCURSO INCENDIARIO de Arturo Borda a la Juventud boliviana

En los años cuarenta Arturo Borda estaba finalizando su libro El Loco después de haberle dedicado gran parte de su vida. Uno de los puntos culminantes del libro es el discurso que da el personaje principal llamado también «El Loco».

En su audiencia están los espíritus de Goethe, Cervantes, Shakespeare, Wagner, Beethoven y muchos otros artistas de la historia universal.

El discurso está dirigido a la juventud boliviana.

La revista MarkaTambo comparte contigo estas líneas inolvidables:

***

El Loco

En nombre del Amor, de la Justicia y la Verdad.

¡Ea, vosotros! Yo no sé si me interesa o no la juventud, lo cual no me importa averiguar, ni tengo ningún interés porque nadie me oiga; pero como para que os disperséis sería menester que llegase la noche, para que podáis huir en la sombra, porque solo en la sombra sois audaces, ya que ninguno se atreve a la luz del día, de miedo a tostarse la cabeza y los pies bajo la rabiosa luz del sol en estos dominios de la Verdad, sobre la arena calcinada del desierto, vuestra impotencia y miedo os obligan a oírme.

Oíd, pues.

Y a medida que hablaba iba trepando más alto, hasta que ya no era visible por la multitud. Cuando llegó a descubierto empezó a gritar de este modo:

El que quiera saber cómo se vive de cara al sol, que salga de la sombra y me mire. ¿Eh? ¿Nadie sale? ¿El miedo os acorrala a mis pies, a la sombra de este sicomoro? Muy bien. Oíd. Os hablo desde la guía del árbol milenario.

Pero ya estoy molestado de hablar por imágenes, no por lo estúpido ni lo feo de ellas, sino que por la necia incomprensión de los hombres; de manera que me obligan a decir lo necesario de un modo directamente crudo. Este lenguaje es demasiado claro, aunque todavía para los obtusos sea obscuro, es, pues, excesivamente preciso, sin matices, por lo mismo hiriente. Pues bien; yo no tengo la culpa: cuando yo hablaba como entre sueños, con giros de belleza rara, nadie me comprendía o nadie quería comprenderme. Ahora mi verbo, por eso, es duro como un esqueleto: de consiguiente, es algo como con la muerte con lo que quiero y debo hablar.

Y así es, porque cada cual de vosotros se alegra al oír unas meras palabras aparentemente reactivas, y, sobreexcitados, aplauden, para olvidarlo todo inmediatamente agotados, sin ninguna habilidad analítica, siguiendo inconscientemente a todo el mundo, sin comprender que las palabras por sí mismas no constituyen ninguna lección. Ejemplo: un bandido puede estar predicando la virtud para atraparlos y servirse de vosotros como de cosas, en cambio que vosotros iréis alelados en su séquito, hasta que, siempre tarde, os deis cuenta del error, pero quedando ya definitivamente sojuzgados en la esclavitud a esa hipocresía, al arbitrio de un bribón.

Por consiguiente, la única prédica que debéis considerar real es el ejemplo, la lección que se vive segundo a segundo; observad que no faltarán hombres venales y vanos que sirviendo vilmente por una escudilla de lentejas irán sin escrúpulos a lavar indistintamente las saliveras ora del blanco, ora del negro, como ya del santo o del asesino, todo hasta lograr su posición social, un renombre, y, sobre todo, su situación económica. Ved que el servilismo del antiguo esclavo francamente esclavo ante el mundo y ante su conciencia era un servilismo honorable comparado con el voluntario servilismo de los hipócritas en el tiempo de la libertad.

Pero indudablemente que ellos cuentan de antemano con su elemento, con esa juventud intelectual o ignara, que después de sufrir en las ergástulas los puntapiés del opresor, cuyos zapatos querían morder de rabia, por la miseria de una migaja del festín, se ponen incondicionalmente a su servicio, pretendiendo, punto en boca y obedientes, que sirven ya a fines más altos que a la libertad. Sí, cuentan con esa juventud que ni oye, ni mira ni ve: que no escudriña, que no analiza, que no critica; en suma, que no duda. Esa juventud…

Mas, sabed, también, que el rebelde que predique la rebelión y la rebeldía dentro de una absoluta honradez de procedimientos, estad seguros que su historia será la historia de la pobreza si no de la más completa miseria; porque tal rebelde no acepta ni busca nada que no esté dentro de los estrechos límites de la dignidad, y lo busca con altivez y únicamente sus derechos adquiridos a fuerza de trabajo, lo que le pertenece por derecho, lo cual sorprende e irrita el alma de los mentores de otra vez, constituidos ya en autoridades, habituados a ver mendigar de rodillas a los hombres más rebeldes. Por eso, esos maestros lumbricoides, a quienes se les tapa la boca con un buen sueldo o un buen título, se afanan en llenar con mil cascabeles y relumbrones sus hojas de servicios… mientras que el rebelde rechaza toda hoja de servicios, porque jamás se puso fuera del servicio de su propia idea, y, secundariamente, porque la presencia de un rebelde siembra pánico en los impuros, ya que sienten que el rebelde está sobre sus cabezas oscilando como una guillotina.

Si cada cual reconociese sus impotencias, avanzaría el doble en su vía, porque el reconocimiento de la propia impotencia es el repliegue de la fuerza en potencia.

La juventud

(A coro, entusiastamente)

¡Oh, divino Loco, salvador de nuestro glorioso porvenir!, de hoy más serás nuestro único mentor. ¡Viva el Maestro!

El Loco

(Riendo a carcajadas)

Yo solo podría ser Maestro, si quisiera, de los que no aceptan mentores; porque amo únicamente a los satánicos.

Y como ellos jamás aceptarán por mentor a nadie, entonces yo les grito satisfecho: ¡Bravo!, y los declaro sus propios maestros. Ellos son los hombres. La patria necesita almas de hierro, ya que se trata de forjar el más venturoso futuro de la América. Ansiamos hombres que vivan de su propia fuerza y sean capaces de fabricar su propia fe en los dominios de la más alta rebeldía.

***

MarkaTambo te invita a compartir las palabras de uno de nuestros más grandes artistas. Antes como ahora, estas palabras del gran Toqui Borda parecen cobrar relieve. Finalmente, su libro sería publicado en forma póstuma en los años sesenta. Conoce más de la historia de Bolivia y su arte inigualable. Síguenos en nuestras redes haciendo click en la siguiente imagen:

Bolivia

Lee aquí EL POZO de Augusto Céspedes: clásico de la Literatura boliviana

Augusto Céspedes

[ EL POZO – Augusto Céspedes ]

Soy el suboficial boliviano Miguel Navajo y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me hirieron en las costillas el año pasado, ni esta excelente avitaminosis me procuran la liberación.

Entretanto me aburro, vagando entre los numerosos fantasmas en calzoncillos que son los enfermos de este hospital, y como nada tengo para leer durante las cálidas horas de este infierno, me leo a mí mismo, releo mi Diario. Pues bien, enhebrando páginas distintas, he exprimido de ese Diario la historia de un pozo que está ahora en poder de los paraguayos.

Para mí ese pozo es siempre nuestro, acaso por lo mucho que nos hizo agonizar. En su contorno y en su fondo se escenificó un drama terrible en dos actos: el primero en la perforación y el segundo en la sima. Ved lo que dicen esas páginas:

Verano sin agua. En esta zona de Chaco, al norte de Platanillos casi no llueve, y lo poco que llovió se ha evaporado. Al norte, al sur, a la derecha o a la izquierda, por donde se mire o se ande en la transparencia casi inmaterial del bosque de leños plomizos, esqueletos sin sepultura condenados a permanecer de pie en la arena exangüe, no hay una gota de agua, lo que impide que vivan aquí los hombres de guerra. Vivimos, raquíticos, miserables, prematuramente envejecidos los  árboles, con más ramas que hojas, y los hombres, con más sed que odio.

Tengo a mis órdenes unos 20 soldados, con los rostros entintados de pecas, en los pómulos costras como discos de cuero y los ojos siempre ardientes. Muchos de ellos han concurrido a las defensas de Aguarrica y del Siete (Kilómetro Siete, camino Saavedra‑Alihuata, donde se libró la batalla del 10 de Noviembre), de donde sus heridas o enfermedades los llevaron al hospital de Muñoz y luego al de Ballivián. Una vez curados, los han traído por el lado de Platanillos, al II Cuerpo de Ejército. Incorporados al regimiento de zapadores a donde fui también destinado, permanecemos desde hace un semana aquí, en las proximidades del fortín Loa, ocupados en abrir una picada. El monte es muy espinoso, laberíntico y pálido. No hay agua.

17 de enero.

Al atardecer, entre nubes de polvo que perforan los elásticos caminos aéreos que confluyen hasta la pulpa del sol naranja, sobredorando el contorno del ramaje anémico, llega el camión aguatero.

Un viejo camión, de guardafangos abollados, sin cristales y con un farol vendado, que parece librado de un terremoto, cargado de toneles negros, llega. Lo conduce un chofer cuya cabeza rapada me recuerda a una tutuma. Siempre brillando de sudor, con el pecho húmedo, descubierto por la camisa abierta hasta el vientre.

‑La cañada se va secando ‑anunció hoy‑. La ración de agua es menos ahora para el regimiento.

‑ A mí no más, agua los soldados me van a volver ‑ha añadido el ecónomo que le acompaña.

Sucio como el chofer, si este se distingue por la camisa, en aquel son los pantalones aceitosos que le dan personalidad. Por lo demás, es avaro y me regatea la ración de coca para mis zapadores. Pero alguna vez me hace entrega de una cajetilla de cigarrillos.

El chofer me ha hecho saber que en Platanillos se piensa llevar nuestra División más adelante.

Esto ha motivado comentarios entre los soldados. Hay un potosino, Chacón, chico, duro y obscuro como un martillo, que ha lanzado la pregunta fatídica:

‑¿Y habrá agua?

‑Menos que aquí ‑le han respondido.

‑¿Menos que aquí? ¿Vamos a vivir del aire como las carahuatas?

Traducen los soldados la inconsciencia de su angustia, provocada por el calor que aumenta, relacionando ese hecho con el alivio que nos niega el liquido obsesionante. Destornillando la tapa de un tonel se llena de agua dos latas de gasolina, una para cocinar y otra para beberla y se va el camión. Siempre se derrama un poco de agua al suelo, humedeciéndolo, y las bandadas de mariposas blancas acuden sedientas a esa humedad.

A veces yo me decido a derrochar un puñado de agua, echándomelo sobre la nuca, y unas abejitas, que no sé con qué viven, vienen a enredarse entre mis cabellos.

21 de enero.

Llovió anoche. Durante el día el calor nos cerró como un traje de goma caliente. La refracción del sol en la arena nos perseguía con sus llamaradas blancas. Pero a las seis llovió. Nos desnudamos y nos bañamos, sintiendo en las plantas de los pies el lodo tibio que se metía entre los dedos.

25 de enero.

Otra vez el calor. Otra vez este flamear invisible, seco, que se pega a los cuerpos. Me parece que debería abrirse una ventana en alguna parte para que entrase el aire. El cielo es una enorme piedra debajo de la que está encerrado el sol.

Así vivimos, hacha y pala al brazo. Los fusiles quedan semienterrados bajo el polvo de las carpas y somos simplemente unos camineros que tajamos el monte en línea recta, abriendo una ruta, no sabemos para qué, entre la maleza inextricable que también se encoge de calor. Todo lo quema el sol. Un pajonal que ayer por la mañana estaba amarillo, ha encanecido hoy y está seco, aplastado, porque el sol ha andado encima de él.

Desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde es imposible el trabajo en la fragua del monte. Durante esas horas, después de buscar inútilmente una masa compacta de sombra, me echo debajo de cualquiera de los  árboles, al ilusorio amparo de unas ramas que simulan una seca anatomía de nervios atormentados.

El suelo, sin la cohesión de la humedad, asciende como la muerte blanca envolviendo los troncos con su abrazo de polvo, empañando la red de sombra deshilachada por el ancho torrente del sol. La refracción solar hace vibrar en ondas el aire sobre el perfil del pajonal próximo, tieso y pálido como un cadáver.

Postrados, distensos, permanecemos invadidos por el sopor de la fiebre cotidiana, sumidos en el tibio desmayo que aserrucha el chirrido de las cigarras, interminable como el tiempo. El calor, fantasma transparente volcado de bruces sobre el monte, ronca en el clamor de las cigarras. Estos insectos pueblan todo el bosque donde extienden su taller invisible y misterioso con millones de ruedecillas, martinetes y sirenas cuyo funcionamiento aturde la atmósfera en leguas y leguas.

Nosotros, siempre al centro de esa polifonía irritante, vivimos una escasa vida de palabras sin pensamientos, horas tras horas, mirando en el cielo incoloro mecerse el vuelo de los buitres, que dan a mis ojos la impresión de figuras de pájaros decorativos sobre un empapelado infinito.

Lejanas, se escuchan, de cuando en cuando, detonaciones aisladas.

augusto céspedes
«El pozo» fue publicado en el libro Sangre de Mestizos de 1936.

1 de febrero.

El calor se ha adueñado de nuestros cuerpos, identificándolos como de polvo, sin nexo de continuidad articulada, blandos, calenturientos, conscientes para nosotros solo por el tormento que nos causan al transmitir desde la piel la presencia sudosa de su beso de horno. Logramos recobrarnos al anochecer. Abandónase el día a la gran llamarada con que se dilata el sol en un último lampo carmesí, y la noche viene obstinada en dormir, pero la acosan las picaduras de múltiples gritos de animales: silbidos, chirridos, graznidos, gama de voces exóticas para nosotros, para nuestros oídos pamperos y montañeses.

Noche y día. Callamos en el día, pero las palabras de mis soldados se despiertan en las noches. Hay algunos muy antiguos, como Nicolás Pedraza, vallegrandino que está en el Chaco desde 1930, que abrió el camino a Loa, Bolívar y Camacho. Es palúdico, amarillo y seco como una caña hueca.

‑Los pilas haigan venido por la picada de Camacho, dicen ‑manifestó el potosino Chacón.

‑Ahí sí que no hay agua ‑informó Pedraza, con autoridad.

‑Pero los pilas siempre encuentran. Conocen el monte más que nadies ‑objetó José Irusta, un paceño  áspero, de pómulos afilados y ojillos oblicuos que estuvo en los combates de Yujra y Cabo Castillo.

Entonces un cochabambino a quien apodan el Cosñi, replicó:

‑Dicen no más, dicen no más… ¿Y a ese pila que le encontramos en el Siete muerto de sed cuando la cañada estaba ahicito, mi Sof?…

‑Cierto ‑he afirmado‑. También a otro, delante del Campo lo hallamos envenenado por comer tunas del monte.

‑De hambre no se muere. De sed sí que se muere. Yo he visto en el pajonal del Siete a los nuestros chupando el barro la tarde del 10 de noviembre.

Hechos y palabras se amontonan sin huella. Pasan como una brisa sobre el pajonal sin siquiera estremecerlo.

Yo tengo otras cosas que anotar.

6 de febrero.

Ha llovido. Los  árboles parecen nuevos. Hemos tenido agua en las charcas, pero nos ha faltado pan y azúcar porque el camión de provisiones se ha enfangado.

20 de febrero.

Nos trasladan 20 kilómetros más adelante. La picada que trabajamos ya no será utilizada, pero abriremos otra.

18 de febrero.

El chofer descamisado ha traído la mala noticia:

‑La cañada se acabó. Ahora traeremos agua desde «La China».

26 de febrero.

Ayer no hubo agua. Se dificulta el transporte por la distancia que tiene que recorrer el camión. Ayer, después de haber hacheado todo el día en el monte, esperamos en la picada la llegada del camión y el último lampo del sol ‑esta vez rosáceo‑ pintó los rostros terrosos de mis soldados sin que viniese por el polvo de la picada el rumor acostumbrado.

Llegó el aguatero esta mañana y alrededor del turril se formó un tumulto de manos, jarros y cantimploras, que chocaban violentos y airados. Hubo una pelea que reclamó mi intervención.

1 de marzo.

Ha llegado a este puesto un teniente rubio y pequeñito, con barba crecida. Le he dado el parte sobre el número de hombres a mis órdenes.

‑En la línea no hay tres soldados. Debemos buscar pozos.

‑En «La China» dicen que han abierto pozos.

‑Y han sacado agua.

‑Han sacado.

‑Es cuestión de suerte.

‑Por aquí también, cerca de «Loa» ensayaron abrir unos pozos.

Entonces Pedraza que nos oía ha informado que efectivamente, a unos cinco kilómetros de aquí, hay un «buraco», abierto desde época inmemorial, de pocos metros de profundidad y abandonado porque seguramente los que intentaron hallar agua desistieron de la empresa. Pedraza juzga que se podría cavar «un poco más».

2 de marzo.

Hemos explorado la zona a que se refiere Pedraza. Realmente hay un hoyo, casi cubierto por los matorrales, cerca de un gran palobobo.

El teniente rubio ha manifestado que informará a la Comandancia, y esta tarde hemos recibido orden de continuar la excavación del buraco, hasta encontrar agua. He destinado 8 zapadores para el trabajo. Pedraza, Irusta, Chacón, el Cosñi, y cuatro indios más.

Augusto Céspedes
Augusto Céspedes participó en la Guerra del Chaco como cronista de guerra.

II

2 de marzo.

El buraco tiene unos 5 metros de diámetro y unos 5 de profundidad. Duro como el cemento es el suelo. Hemos abierto una senda hasta el hoyo mismo y se ha formado el campamento en las proximidades. Se trabajará todo el día, porque el calor ha descendido.

Los soldados, desnudos de medio cuerpo arriba, relucen como peces. Víboras de sudor con cabecitas de tierra les corren por los torsos. Arrojan el pico que se hunde en la arena aflojada y después se descuelgan mediante una correa de cuero. La tierra extraída es obscura, tierna. Su color optimista aparenta una fresca novedad en los bordes del buraco.

10 de marzo.

12 metros. Parece que encontramos agua. La tierra extraída es cada vez más húmeda. Se han colocado tramos de madera en un sector del pozo y he mandado construir una escalera y un caballete de palomataco para extraer la tierra mediante polea. Los soldados se turnan continuamente y Pedraza asegura que en una semana más tendrá el gusto de invitar al General X «a soparse las argentinas en aguita del buraco».

22 de marzo.

He bajado al pozo. Al ingresar, un contacto casi sólido va ascendiendo por el cuerpo. Concluida la cuerda del sol se palpa la sensación de un aire distinto, el aire de la tierra. Al sumergirse en la sombra y tocar con los pies desnudos la tierra suave, me baña una gran frescura. Estoy más o menos a los 18 metros de profundidad. Levanto la cabeza y la perspectiva del tubo negro se eleva sobre mí hasta concluir en la boca por donde chorrea el rebalse de luz de la superficie. Sobre el piso del fondo hay barro y la pared se deshace fácilmente entre las manos. He salido embarrado y han acudido sobre mí los mosquitos, hinchándome los pies.

30 de marzo.

Es extraño lo que pasa. Hasta hace 10 días se extraía barro casi líquido del pozo y ahora nuevamente tierra seca. He descendido nuevamente al pozo. El aliento de la tierra aprieta los pulmones allá adentro. Palpando la pared se siente la humedad, pero al llegar al fondo compruebo que hemos atravesado una capa de arcilla húmeda. Ordeno que se detenga la perforación para ver si en algunos días se deposita el agua por filtración.

12 de abril.

Después de una semana el fondo del pozo seguía seco. Entonces se ha continuado la excavación y hoy he bajado hasta los 24 metros. Todo es oscuro allá y sólo se presiente con el tacto nictálope las formas del vientre subterráneo. Tierra, tierra, espesa tierra que aprieta sus puños con la muda cohesión de la asfixia. La tierra extraída ha dejado en el hueco el fantasma de su peso y al golpear el muro con el pico me responde con un toctoc sin eco que más bien me golpea el pecho.

Sumido en la obscuridad he resucitado una pretérita sensación de soledad que me poseía de niño, anegándome de miedosa fantasía cuando atravesaba el túnel que perforaba un cerro próximo a las lomas de Capinota donde vivía mi madre. Entraba cautelosamente, asombrado ante la presencia casi sexual del secreto terrestre, mirando a contraluz moverse sobre las grietas de la tierra los élitros de los insectos cristalinos. Me atemorizaba llegar a la mitad del túnel en que la gama de sombra era más densa pero cuando lo pasaba y me hallaba en rumbo acelerado hacia la claridad abierta en el otro extremo, me invadía una gran alegría. Esa alegría nunca llegaba a mis manos, cuya epidermis padecía siempre la repugnancia de tocar las paredes del túnel.

Ahora, la claridad ya no la veo al frente, sino arriba, elevada e imposible como una estrella. ¡Oh!…

La carne de mis manos se ha habituado a todo, es casi solidaria con la materia terráquea y no conoce la repugnancia…

Augusto Céspedes
Por las condiciones duras, la Guerra del Chaco fue una de las más adversas para los soldados de Bolivia y Paraguay.

28 de abril.

Pienso que hemos fracasado en la búsqueda del agua. Ayer llegamos a los 30 metros sin hallar otra cosa que polvo. Debemos detener este trabajo inútil y con este objeto he elevado una «representación» ante el comandante de batallón quien me ha citado para mañana.

29 de abril.

‑Mi capitán ‑le he dicho al comandante- hemos llegado a los 30 metros y es imposible que salga el agua.

‑Pero necesitamos agua de todos modos- me ha respondido.

‑Que ensayen en otro sitio ya también ps, mi Capitán.

‑No, no. Sigan no más abriendo el mismo. Dos pozos de 30 metros no darán agua. Uno de 40 puede darla.

‑Sí, mi Capitán.

‑Además, tal vez ya estén cerca.

‑Sí, mi Capitán.

‑Entonces, un esfuerzo más. Nuestra gente se muere de sed.

No muere, pero agoniza diariamente. Es un suplicio sin merma, sostenido cotidianamente con un jarro por soldado. Mis soldados padecen, dentro del pozo, de mayor sed que afuera, con el polvo y el trabajo, pero debe continuar la excavación.

Así les notifiqué y expresaron su impotente protesta, que he procurado calmar ofreciéndoles a nombre del comandante mayor ración de coca y agua.

9 de mayo.

Sigue el trabajo. El pozo va adquiriendo entre nosotros una personalidad pavorosa, substancial y devoradora, constituyéndose en el amo, en el desconocido señor de los zapadores. Conforme pasa el tiempo, cada vez más les penetra la tierra mientras más la penetran, incorporándose como por el peso de la gravedad al pasivo elemento, denso e inacabable. Avanzan por aquel camino nocturno, por esa caverna vertical, obedeciendo a una lóbrega atracción, a un mandato inexorable que les condena a desligarse de la luz, invirtiendo el sentido de sus existencias de seres humanos. Cada vez que los veo me dan la sensación de no estar formados por células de polvo, con tierra en las orejas, en los párpados, en las cejas, en las aletas de la nariz, con los cabellos blancos, con tierra en los ojos, con el alma llena de tierra del Chaco.

24 de mayo.

Se ha avanzado algunos metros más. El trabajo es lentísimo: un soldado cava adentro, otro desde afuera maneja la polea, y la tierra sube en un balde improvisado en un turril de gasolina. Los soldados se quejan de asfixia. Cuando trabajan, la atmósfera les aprensa el cuerpo. Bajo sus plantas y alrededor suyo y encima de sí la tierra crece como la noche. Adusta, sombría, tenebrosa, impregnada de un silencio pesado, inmóvil y asfixiante, se apitona sobre el trabajador una masa semejante al vapor de plomo, enterrándole de tinieblas como a gusano escondido en una edad geológica, distante muchos siglos de la superficie terrestre.

Bebe el liquido tibio y denso de la caramañola que se consume muy pronto, porque la ración, a pesar de ser doble «para los del pozo» se evapora en sus fauces, dentro de aquella sed negra. Busca con los pies desnudos en el polvo muerto la vieja frescura de los surcos que él cavaba también en la tierra regada de sus lejanos valles agrícolas, cuya memoria se le presenta en la epidermis.

Luego golpea, golpea con el pico, mientras la tierra se desploma, cubriéndole los pies sin que aparezca jamás el agua. El agua, que todos ansiamos en una concentración mental de enajenados que se vierte por ese agujero sordo y mudo.

5 de junio.

Estamos cerca de los 40 metros. Para estimular a mis soldados he entrado al pozo a trabajar yo también. Me he sentido descendiendo en un sueño de caída infinita. Allá adentro estoy separado para siempre del resto de los hombres, lejos de la guerra, transportado por la soledad a un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada. No se ve la luz, y la densidad atmosférica presiona todos los planos del cuerpo. La columna de obscuridad cae verticalmente sobre mí y me entierra, lejos de los oídos de los hombres.

He procurado trabajar, dando furiosos golpes con el pico, en la esperanza de acelerar con la actividad veloz el transcurso del tiempo. Pero el tiempo es fijo e invariable en ese recinto. Al no revelarse el cambio de las horas con la luz, el tiempo se estanca en el subsuelo con la negra uniformidad de una cámara obscura. Esta es la muerte de la luz, la raíz de ese árbol enorme que crece en las noches y apaga el cielo enlutando la tierra.

 16 de junio.

Suceden cosas raras. Esa cámara obscura aprisionada en el fondo del pozo va revelando imágenes del agua con el reactivo de los sueños. La obsesión del agua está creando un mundo particular y fantástico que se ha originado a los 41 metros, manifestándose en un curioso suceso en ese nivel.

El Cosñi Herbozo me lo ha contado. Ayer se había quedado adormecido en el fondo de la cisterna, cuando vio encender una serpiente de plata. La cogió y se deshizo en sus manos, pero aparecieron otras que comenzaron a bullir en el fondo del pozo hasta formar un manantial de borbollones blancos y sonoros que crecían, animando el cilindro tenebroso como a una serpiente encantada que perdió su rigidez para adquirir la flexibilidad de una columna de agua sobre la que el Cosñi se sintió elevado hasta salir al haz alucinante de la tierra.

Allá, ¡oh sorpresa! vio todo el campo transformado por la invasión del agua. Cada  árbol se convertía en un surtidor. El pajonal desaparecía y era en cambio una verde laguna donde los soldados se bañaban a la sombra de los sauces. No le causó asombro que desde la orilla opuesta ametrallasen los enemigos y que nuestros soldados se zambullesen a sacar las balas entre gritos y carcajadas. Él solamente deseaba beber. Bebía en los surtidores, bebía en la laguna, sumergiéndose en incontables planos líquidos que chocaban contra su cuerpo, mientras la lluvia de los surtidores le mojaba la cabeza. Bebió, bebió, pero su sed no se calmaba con esa agua, liviana y abundantemente como un sueño.

Anoche el Cosñi tenía fiebre. He dispuesto que lo trasladen al puesto de sanidad del Regimiento.

Augusto Céspedes
En vida fue más conocido como «El Chueco» Céspedes.

 24 de junio.

El Comandante de la División ha hecho detener su auto al pasar por aquí. Me ha hablado, resistiéndose a creer que hayamos alcanzado cerca de los 45 metros, sacando la tierra balde por balde con una correa.

‑Hay que gritar, mi Coronel, para que el soldado salga cuando ha pasado su turno ‑le he dicho.

Más tarde, con algunos paquetes de coca y cigarrillos, el Coronel ha enviado un clarín.

Estamos, pues, atados al pozo. Seguimos adelante. Más bien, retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros como sus pensamientos y su destino, cavan mis hombres, cavan, cavan atmósfera, tierra y vida con lento y átono cavar de gnomos.

 4 de julio.

¿Es que en realidad hay agua? ¡Desde el sueño del Cosñi todos la encuentran! Pedraza ha contado que se ahogaba en una erupción súbita del agua que creció más alta que su cabeza. Irusta dice que ha chocado su pica contra unos témpanos de hielo y Chacón, ayer, salió hablando de una gruta que se iluminaba con el frágil reflejo de las ondas de un lago subterráneo.

¿Tanto dolor, tanta búsqueda, tanto deseo, tanta alma sedienta acumulados en el profundo hueco originan esta floración de manantiales?

 16 de julio.

Los hombres se enferman. Se niegan a bajar al pozo. Tengo que obligarlos. Me han pedido incorporarse al Regimiento de primera línea. He descendido una vez más y he vuelto, aturdido y lleno de miedo. Estamos cerca de los 50 metros. La atmósfera cada vez más prieta cierra el cuerpo en un malestar angustioso que se adapta a todos sus planos, casi quebrando el hilo imperceptible como un recuerdo que ata el ser empequeñecido con la superficie terrestre, en la honda obscuridad descolgada con peso de plomo. La tétrica pesantez de ninguna torre de piedra se asemeja a la sombría gravitación de aquel cilindro de aire cálido y descompuesto que se viene lentamente hacia abajo. Los hombres son cimientos. El abrazo del subsuelo ahoga a los soldados que no pueden permanecer más de una hora en el abismo. Es una pesadilla. Esta tierra del Chaco tiene algo de raro, de maldito.

 25 de julio.

Se tocaba el clarín ‑obsequiado por la División en la boca de la cisterna para llamar al trabajador cada hora. Cuchillada de luz debió ser la clarinada allá en el fondo. Pero esta tarde, a pesar del clarín, no subió nadie.

‑¿Quién está adentro? ‑pregunté.

Estaba Pedraza.

Le llamaron a gritos y clarinadas:

‑íTararííí!!…íPedrazaaaa!!!

‑Se habrá dormido…

‑O muerto ‑añadí yo, y ordené que bajasen a verlo.

Bajó un soldado y después de largo rato, en medio del círculo que hacíamos alrededor de la boca del pozo, amarrado de la correa, elevado por el cabrestante y empujado por el soldado, ascendió el cuerpo de Pedraza, semiasfixiado.

29 de julio.

Hoy se ha desmayado Chacón y ha salido, izado en una lúgubre ascensión de ahorcado.

4 de septiembre.

¿Acabará esto algún día? Ya no se cava para encontrar agua, sino por cumplir un designio fatal, un propósito inescrutable. Los días de mis soldados se insumen en la vorágine de la concavidad luctuosa que les lleva ciegos, por delante de su esotérico crecimiento sordo, atornillándoles a la tierra.

Aquí arriba el pozo ha tomado la fisonomía de algo inevitable, eterno y poderoso como la guerra. La tierra extraída se ha endurecido en grandes morros sobre los que acuden lagartos y cardenales. Al aparecer el zapador en el brocal, transminado de sudor y de tierra, con los párpados y los cabellos blancos, llega desde un remoto país plutoniano, semeja un monstruo prehistórico, surgido de un aluvión. Alguna vez, por decirle algo, le interrogo:

‑Siempre nada, mi Sof.

Siempre nada, igual que la guerra… ¡Esta nada no se acabará jamás!

1 de octubre.

Hay orden de suspender la excavación. En siete meses de trabajo no se ha encontrado agua.

Entretanto el puesto ha cambiado mucho. Se han levantado pahuichis y un puesto de Comando de batallón. Ahora abriremos un camino hacia el Este, pero nuestro campamento seguirá ubicado aquí.

El pozo queda también aquí, abandonado, con su boca muda y terrible y su profundidad sin consuelo. Ese agujero siniestro es en medio de nosotros siempre un intruso, un enemigo estupendo y respetable, invulnerable a nuestro odio como una cicatriz. No sirve para nada.

Augusto Céspedes
Céspedes murió el año 1997 en la ciudad de La Paz.

 III

7 de diciembre (Hospital Platanillos).

¡Sirvió para algo, el pozo maldito!…

Mis impresiones son frescas porque el ataque se produjo el día 4 y el 5 me trajeron aquí con un acceso de paludismo.

Seguramente algún prisionero capturado en la línea, donde la existencia del pozo era legendaria, informó a los pilas que detrás de las posiciones bolivianas había un pozo. Acosados por la sed, los guaraníes decidieron un asalto.

A las seis de la mañana se rasgó el monte, mordido por las ametralladoras. Nos dimos cuenta de que las trincheras avanzadas habían sido tomadas, solamente cuando percibimos a 200 metros de nosotros el tiroteo de los pilas. Dos granadas de stoke cayeron detrás de nuestras carpas.

Armé con los sucios fusiles a mis zapadores y los desplegué en línea de tiradores. En ese momento llegó a la carrera un oficial nuestro con una sección de soldados y una ametralladora y los posesionó en línea a la izquierda del pozo, mientras nosotros nos extendíamos a la derecha. Algunos se protegían en los montones de tierra extraída. Con un sonido igual al de los machetazos las balas cortaban las ramas. Dos ráfagas de ametralladoras abrieron grietas de hachazos en el palobobo. Creció el tiroteo de los pilas y se oía en medio de las detonaciones su alarido salvaje, concentrándose la furia del ataque sobre el pozo. Pero nosotros no cedíamos un metro, defendiéndolo ¡COMO SI REALMENTE TUVIESE AGUA!

Los cañonazos partieron la tierra, las ráfagas de metralla hendieron cráneos y pechos, pero no abandonamos el pozo, en cinco horas de combate.

A las 12 se hizo un silencio vibrante. Los pilas se habían ido. Entonces recogimos los muertos. Los pilas habían dejado cinco y entre los ocho nuestros estaban el Cosñi, Pedraza, Irusta y Chacón, con los pechos desnudos, mostrando los dientes siempre cubiertos de tierra.

El calor, fantasma transparente echado de bruces sobre el monte, calcinaba troncos y meninges y hacía crepitar el suelo. Para evitar el trabajo de abrir sepulturas pensé en el pozo.

Arrastrados los trece cadáveres hasta el borde fueron pausadamente empujados al hueco, donde vencidos por la gravedad daban un lento volteo y desaparecían, engullidos por la sombra.

‑¿Ya no hay más?…

Entonces echamos tierra, mucha tierra adentro.

Pero, aun así, ese pozo seco es siempre el más hondo de todo el Chaco.


Augusto Céspedes

LEE estos 3 Hermosos POEMAS en AYMARA con traducción al Castellano

Mauro Alwa

El poeta Mauro Alwa escribe en aymara, quechua y castellano. Es autor de los libros Arunak q’epiri (Cargador de palabras); Paninitaki (El camino que se anda entre dos) y Mama india. Creció en La Paz, sus poemas aparecen en varias antologías internacionales.

Hoy en la revista MarkaTambo.com, compartimos 3 hermosos poemas en aymara con traducción al castellano:

1

Janchijatsti q’alanchsustwa               

thuqhuña thuqhuñak munta

lakajax  yatirita  katuqi                     

Aymar Khichwa  arunaka…             

thuqhuña thuqhuñak  munta

llaki apaqata                                      

thuqhuña thuqhuñak munta   

willka kutimpi                                   

pinkillunakan arupampi

Pachamamax mistsuniwa 

phunchhawinakasan thuqhuñataki

—jachañajasti warari—

panini panini paninipuni.

*

Me he desnudado de mi cuerpo

quiero danzar y danzar

mi boca recibe del yatiri

voces Aymaras, Quechuas…

quiero danzar y danzar

fuera de la tristeza

quiero danzar y danzar

con el retorno del sol

con la voz de los pinkillus

sale la Pachamama

a danzar nuestra fiesta

—mi llanto grita—

los dos, los dos, los dos siempre.

2

Jiwatanakapaxa

amtañanak jachayapxi

pirqanak jaljapxi

arust’añanak phiskhurapxi                

sarapxi ukapachparaki jutapxi.

     Jiwatanakasaxa

     amukiw qamapxi.

*

Sus muertos

hacen llorar recuerdos

dividen muros

borran acuerdos

van y vienen.

Nuestros muertos

viven en silencio.

Mauro Alwa
Mauro Alwa, poeta aymara.

3

Akansti

Nayapuniw Jumjamaxa

jan llaki uskusitäti

Jumax aru uskutanta

Nayax aruw uskurakima.

*

Aquí

Yo siempre voy a ser Tú

no vayas a ponerte la tristeza

Tú me pondrás la voz

y Yo te pondré la palabra.

*

MarkaTambo.com te invita a conocer más nuestros idiomas. Somos la Mejor Revista de Arte en el país. Trabajamos con agrado en la difusión del talento de ayer, hoy y siempre. Si quieres contactar con el autor de los poemas solo tienes que hacer click en la siguiente imagen:

Mauro Alwa

9 hechos Sorprendentes de la VIDA y OBRA del escritor paceño Jaime Sáenz

jaime sáenz

La influencia de Jaime Sáenz en la literatura boliviana es clara. Tiene fanáticos que visitan los lugares descritos en sus novelas. Asimismo, hay quienes están en contra de su poética y de su visión de la existencia. En cualquier caso, se trata de uno de los escritores más universales que ha dado Bolivia:

1. El autor de Felipe Delgado también fue dibujante

jaime sáenz
Autorretrato dibujado por él mismo.

Aunque la mayoría de sus lectores lo conozcan por sus novelas y poemas, Jaime Sáenz practicaba el arte del dibujo en un sola línea. Es decir que colocaba el lápiz sobre el papel y no lo separaba hasta terminar la obra, en un tipo de trance o canalización. Su serie de calaveras son las más conocidas.

2. Viajó en barco a Alemania siendo adolescente

jaime sáenz
El poeta en Alemania durante los años treinta.

En su novela póstuma Los papeles de Narciso Lima Achá, narra su experiencia, basada en hechos autobiográficos, del viaje en barco que lo llevó a Alemania. Fue en la época de entreguerras, cuando los debates filosóficos eran liderados por Martin Heidegger. En ese país tuvo a su única hija.

3. El pintor Arturo Borda le hizo un retrato

jaime sáenz
Dibujo al carboncillo hecho por Arturo Borda.

Fueron colegas, visionarios y amigos. A pesar de la diferencia de edad, Arturo Borda y Jaime Sáenz pasaron varias tardes bebiendo y hablando de literatura. De esta época data el retrato hecho por Borda de un Sáenz joven.

4. En 1978 abrió un Taller de Poesía en la Carrera de Literatura

jaime sáenz
El Taller fue interrumpido por las dictaduras.

Después de publicar algunos de sus libros más importantes, realizó una disertación en la Carrera de Literatura de La Paz, con la que consiguió ser docente de poesía. Años después, varios de sus estudiantes lo siguieron como discípulos en lo que llamaron los «Talleres Krupp».

5. Vivía de noche, dormía de día

jaime sáenz
Portada de su obra cumbre

Se dice que, incluso cuando daba clases en la universidad, acomodaba sus horarios para dar  sus clases de noche. Era extraño verlo de día. Gracias a esa costumbre llegó a conocer la noche como pocos y crear espacios ficcionales como La Bodega.

6. Visitaba la morgue para inspirarse

jaime sáenz
Portada del poemario Al pasar un Cometa

Prácticamente en todas sus obras la muerte aparece como un elemento central. Sentía una atracción especial por las personas que ya se han ido. Hacia el final de sus días, cuando vivía al lado de la morgue, se cuenta que la visitaba por las noches para seguir su fascinación.

7. Su tía Esther lo cuidó siempre

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Junto a la Tía Esther

La vida y obra de Jaime Sáenz no hubiera sido posible sin el cuidado de su tía Esther. El alcohol ocasionó varios efectos en la vida del poeta. De no haber sido por su tía, Bolivia tal vez no habría conocido varias de sus mejores obras literarias.

8. Solo le hacía caso al Doctor Rivera

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Portada del libro Los Cuartos

Durante sus intoxicaciones alcohólicas no hacía caso de nadie. Por eso sufrió varias crisis etílicas. Su amigo, el médico Carlos Alfredo «Cayo» Rivera, fue el único quien logró convencerlo que dejara el alcohol, al menos por un tiempo.

9. Después de un delirium tremens escribió La Noche

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Portada de su último libro publicado en vida.

El último poemario escrito por Sáenz fue La Noche, una ópera literaria acerca de la muerte, el alcohol y la oscuridad. Sus biógrafos aseguran que fue escrita después de un delirium tremens a causa de una crisis alcohólica severa.

Si no has leído al escritor paceño, te recomendamos los libros de relatos La piedra imán y Los cuartos. Si prefieres la poesía, el libro Visitante profundo es una buena muestra de su poética. Ven a MarkaTambo.com y forma parte de la comunidad digital de arte y cultura de Bolivia.

Conoce a la Mujer que transformó la Vanguardia Poética de Bolivia

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Tal vez el nombre de Laura Villanueva no te diga demasiado. Eso se debe a que decidió cambiarlo por Hilda Mundy, un seudónimo que hoy significa literatura experimental, trangresión y el valor de adelantarse en el tiempo, no solo en Bolivia sino en el continente.

Hoy en tu revista MarkaTambo.com te ofrecemos algunos datos que quizás desconocías acerca de una mujer que no solo es parte de la mejor literatura boliviana sino que la transformó por completo.

¡Y lo hizo con un solo libro!

Periodista y poeta orureña

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Escribió en los diarios La Patria y La Mañana.

Nació hace más de un siglo en la tierra del carnaval más alto del mundo. Desde pequeña comenzó a mostrar un talento poco común por la escritura. En un entorno familiar artístico, publicó la columna Brandy Cocktail en los diarios más leídos de Oruro. Resaltaba su estilo fino para criticar la sociedad de su tiempo.

Mordaz, visionaria, exiliada

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Fue exiliada por su opinión acerca de la Guerra del Chaco.

Como pocas personas, Mundy dijo lo que pensaba acerca de los militares y las causas de la Guerra del Chaco. En una publicación propia llamada Dum Dum, Mundy se atrevió a poner en duda y a cuestionar la misma existencia de un aparato bélico en Bolivia. Debido a eso fue exiliada del país.

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Pirotecnia: un libro de culto

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Un libro difícil de encontrar.

En 1936 publicó un libro de estilo inigualable que muchos consideran el mejor libro escrito durante el periodo de vanguardias. Pirotecnia es una colección de retazos narrativos, poéticos y ensayísticos acerca de Bolivia. Reconocido mucho tiempo después, hoy forma parte del canon de nuestra literatura.

Te invitamos a leerlo en línea haciendo click aquí.

Repercusiones fuera de Bolivia

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Portada de la edición chilena.

Hace poco su obra fue apreciada en su real medida. Además de Pirotencia, se editó en forma póstuma el libro Cosas de fondo: Impresiones de la Guerra del Chaco y otros escritos, en 1989. La Biblioteca del Bicentenario de Bolivia editó un volumen con su obra reunida.

Estos hechos lograron que se hiciera otra edición en Chile el año 2015 y comenzaran a aparecer valiosos estudios en otros países. Su libro fue seleccionado entre los 100 más importantes escritos por mujeres entre 1919 y 2019 por la Revista Arcadia de Colombia.

Mundy:  un Mundo propio

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Obras de estilo inigualable.

Hija del arquitecto Emilio Villanueva (quien diseñó el antiguo estadio Hernando Siles), Mundy también construyó un mundo literario de contornos bien definidos. Su estilo no ha sido igualado hasta hoy. Logró combinar el buen gusto, la prosa elegante y la poesía con una visión lúcida y ácida de la sociedad boliviana.

Ya lo sabes, si todavía no has leído a Hilda Mundy, es el mejor momento para comenzar. MarkaTambo.com es una revista que promociona el arte de Bolivia, simplemente porque es espectacular. No te pierdas ninguna de nuestras publicaciones. Síguenos haciendo click en el banner:

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